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Photography by Ernesto Bazan
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Two Vultures and One Sparrow

Estoy de vuelta en mi Salvador para comenzar un nuevo taller sobre las celebraciones de Iansà, una de las deidades del Candomblé. Entre los demás aspectos de la vida en esa ciudad, ésta es una de las más importantes que quisiera explorar. Los estudiantes están emocionados por comenzar, es su primera vez aquí. Empiezo a enseñarles el lugar, comenzamos a tomar algunas fotos.

Fotografiamos en los mercados, en las playas, en el edificio donde viven ilegalmente muchas familias del movimiento de los sin techos, en las clases de capoeira de una favela. En mi caminar por el mercado San Joaquín veo a dos dulces ancianas negociando la compra de algunos pollos, palomas, una tortuga y un cordero. Me acerco tímidamente y empiezo a conversarles sabiendo de antemano las respuestas que conseguiría de sus dulces voces. Los animales serán ofrecidos en sacrificio a Iansà. Les pregunto si puedo ir a sus casas y presenciar la ceremonia, ellas asienten generosamente.

Esa misma noche llegamos al lugar que nos indicaron. Cuando entramos encontramos el rito en pleno. Había varias mujeres cuidadosamente vestidas para la ocasión bailando en rondas, estaban en trance. Llevaban vestidos brillantes de diferentes colores que representaban a las distintas deidades. Una de ellas llevaba una corona dorada, otra una plateada y sujetaba un sable. Ella tenía los ojos cerrados mientras otra mujer la empujaba hacia el centro donde la música capturaba e hipnotizaba. Al principio, no sabíamos qué hacer, si fotografiar o no. Sentía que estábamos siendo testigos de algo privado y sagrado, pero mis dudas se fueron en cuanto vi a una de las dulces ancianas que conocí en el mercado que me sonreía asintiendo desde su nueva persona, estaba casi irreconocible. Fue cuando sugerí a mis estudiantes que empezaran a tomar fotos. Todos tratamos de desafiar las dificultades técnicas de la poca luz que había en la habitación.

La danza continuó por un tiempo más, muchos seguían uniéndose a la ronda, otros simplemente miraban desde atrás. Volvimos al día siguiente. La escena había cambiado un poco. Éramos aún más bienvenidos. Lloré de felicidad para mis adentros, empecé a pensar que esto estaba predestinado. Una vez más, asumí el rol de un catalizador entre mis estudiantes y yo.

Al tercer día acompañamos a toda la comitiva al mar, a entregar sus ofrendas. Una mujer alta vestida de blanco seguía en trance, y otra, a su vez, me dijo que la había poseído el espíritu de un policía. Sus ojos miraban el horizonte, tenía la mirada perdida. Por momentos hacía el saludo militar. Se ponía en guardia por algunos segundos y luego adoptaba una postura más suelta. Todos tratamos de capturar esta inesperada y tan íntima situación que el destino nos concedía. Flores, botellas de perfumes yacían flotando en el mar. Algunas eran regresadas a la orilla por la corriente. La mujer en trance marchaba y continuaba saludando. Algunas otras, también vestidas de blanco, permanecían cerca de ella para asegurarse de que nada malo le sucediera.

Al siguiente día fuimos a la iglesia católica en el corazón del Pelourinho, barrio en el que oficialmente se celebra a Iansà. Una multitud de fieles traía flores, rezaba en la iglesia y en el patio trasero de ésta. Velas encendidas adornaban el lugar. Pedí a mis estudiantes fotografiar esta otra forma de adoración. Todos trabajamos muy duro.

Al día siguiente partimos hacia mi pueblo de pescadores favorito, a una hora de camino de Salvador. Nuevas bellas situaciones se nos presentaban en nuestro andar por sus calles. Los pescadores nos acogían como siempre, también las familias del movimiento Sin Tierra. Nos dio mucha felicidad saber que ahora poseen su propia tierra. Lograron negociar directamente con el dueño del lugar para comprar varios acres de su terreno. Pude ver amplias sonrisas pintadas en sus cálidos rostros.

Tratamos de participar de su alegría mientras nos enseñaban los linderos de su tierra. Una mujer le silbaba a una innumerable cantidad de pollos, señal de que serían alimentados. Todos se abalanzaron hacia a ella. Había una niña que los miraba en cuclillas cuando de pronto muchos de los pollos comenzaron a rodearla. Traté de captar la esencia de ese simple pero bello momento.

De vuelta en Salvador continuamos con la edición. Algunas imágenes nos desilusionaron y otras nos llenaron de alegría. Finalmente sentí que cada uno de mis estudiantes tuvo la oportunidad de enfrentar el reto de fotografiar el inexorable paso de la vida con dignidad y valentía. Sus imágenes hablan por sí solas frente a nuestros ojos, son una realidad, una pequeña parte de nuestra historia. Dos buitres (los dos estudiantes más agresivos en su fotografiar) y un gorrión (la estudiante tímida) ahora sonríen juntos. Estas dos maneras de abordar la fotografía nos han regalado algunas joyas.

EB


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